Algunos de ustedes saben que me encantan las analogías al hablar o escribir.

Hoy quiero usar una para hacer una pequeña reflexión sobre como a veces nos hundimos en un vaso de agua, llegamos a pensar que no podemos manejar alguna situación emocional que no sabemos cómo lograrlo y nos estancamos mental y prácticamente en ese punto.

Pero resulta que tenemos herramientas que sólo usamos de una manera y no conocemos otros usos o no les hemos creado otros usos.

He conocido varios casos de profesionales altamente exitosos en sus carreras para quienes su vida personal, su relación de pareja o con alguien muy cercano se convierte en un campo desconocido, descontrolado y sin rumbo.

Son personas responsables, estructuradas, cumplidas, exigentes en su trabajo que por alguna razón (muchas veces ha sido lo que vieron en casa o lo que imaginaron que era esa relación) no aplican esas mismas habilidades en su vida emocional. Se dejan llevar por relaciones tóxicas, mala comunicación, victimismo, violencia psicológica, finales inconclusos, etc. Mermando su salud mental, su rendimiento en el trabajo, sufren de insomnio, estrés, ansiedad, gastritis, colitis entre muchas otras cosas.

Pensamos y llevamos a la práctica una creencia de que la vida emocional se hace sola, al viento, se da espontáneamente y cuando surge un problema creemos que todo se desborona, que es el otro quien falla porque «no hace lo que le corresponde», creemos ser victima del otro o de las circunstancias, después de desesperarnos no encontramos otro camino y pareciera que no queremos otro camino hasta que nos hartamos.

En varios de estos procesos de acompañamiento que he llevado a cabo, no se ha necesitado más que hacer una profunda reflexión sobre llevar esa estructura, esa exigencia, esa responsabilidad que asumimos en el trabajo para la parte emocional. Nuestras relaciones nos dan estabilidad (incluyo la relación con uno mismo) es necesario actualizarnos, saber en qué etapa estamos, qué sigue, en qué fallo, cómo puedo mejorar, qué puedo pedirle al otro y qué no debo pedirle, qué cambios estoy dispuesto a hacer y cuáles no.

En algunas relaciones es necesario el fin, así como con un contrato laboral. En otras un buen remesón es suficiente para iniciar y sostener los cambios, para asumir lo que queremos, podemos y vamos a hacer para nosotros y los demás.

Somos nuestros «propios jefes» los dueños y responsables de cada área de nuestra vida, no podemos seguir pensando que hay partes que se cuidan solas, pues tarde o temprano ese descuido se hará notar.